*Marca Registrada Museo Histórico Naval de Acapulco 2002 - 2022
 

Segunda Lectura

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Soy la vainilla.

    

Nací en el país de los totonacos, en el aire salobre de Veracruz, cerca de las costas del Seno Mexicano que hoy ustedes llaman Golfo de México. Ellos me llamaron xa’ nat, y cuentan que mis flores y mis vainas brotaron de la sangre derramada de la hija del rey Teniztli, tan hermosa y pura de espíritu que su padre juró que nunca sería poseída por un hombre.

La llamó Tzacopontziza por el lucero del alba y para mantenerla pura, hizo que los sacerdotes la bendijeran y consagraran a Tonacayahua, la diosa de la fertilidad. Cuando la princesa creció, un joven de la tribu llamado Zkata Oxga (Ciervo Corredor) se enamoró de la princesa, la raptó y huyó con ella a las montañas, pero antes de que la joven pareja pudiera ponerse a salvo, fue interceptada por un monstruo que exhalaba fuego, quien les bloqueó el paso; lo que permitió a los sumos sacerdotes del rey Teniztli capturarlos. Como la princesa Tzacopontziza y su amante habían cometido un pecado mortal, los sacerdotes los decapitaron y arrojaron sus cuerpos a un barranco de la montaña.

 

Cuando la sangre se filtró en el suelo, secó la tierra, y al cabo de unos días en el lugar donde se había derramado la sangre creció un arbusto. La planta creció con rapidez y produjo pequeñas flores pálidas que a su vez generaron vainas, delicadas aunque fuertes. Cuando las vainas maduraron, se oscurecieron y desprendieron un delicado perfume, más exquisito que ninguno que hubieran conocido jamás los súbditos del rey Teniztli. La gente creyó que este aroma era el alma dulce y pura de la princesa muerta, y se declaró sagrada la orquídea que crecía en las montañas. Hoy los totonacos todavía me llaman xa’ nat, y en el norte de su territorio utilizan esta palabra para designar cualquier cosa que tenga que ver conmigo: mis flores, las vainas que nacen de ellas y lo que llaman la “grasa” o aceite que brota de ellas y les confiere el aroma que tanto aprecian. 

 

Junto con miles y miles de pequeñas cochinillas grana asadas y encostaladas que  trajeron de Oaxaca, fui llevada desde Nueva España a las islas Filipinas a bordo de los barcos de la Corona española que navegaban desde Acapulco a Manila. Muchos años después, en 1848,  el comandante francés en el Pacífico, el almirante Ferdinand-Alphonse Hamelin me envió de Manila al jardín del gobernador de Tahití en Papeete. 

 

Y allí me quedé - en Tahití, donde arraigué en sus tierras con el nombre de Vainilla tahitensis- hasta el día de hoy en que les cuento mi historia desde el plato de pato condimentado con vainilla de la isla de Taha’a, servido con salsa de papaya dulce y una ensalada con aliño de tomillo, que una cocinera francesa le sirvió a quien me prestó su voz para contarles mi historia.