*Marca Registrada Museo Histórico Naval de Acapulco 2002 - 2022
 

Primera  Lectura

La Cerda marina.

-Durante mucho tiempo, he deambulado por todos los mares del mundo encontrándome con muchos navegantes que iban en busca de tierras ignotas e islas desconocidas. Como me gusta mucho contar historias y para no sentirme sola en mis largas travesías marinas, los he acompañado en algunos tramos de sus derroteros, contándoles  historias de  los seres extraños y maravillosos que fui encontrando a lo largo de mis viajes. 

Por mi natural inclinación a contar todo aquello que sea verosímil aunque algunos digan que no pertenece al reino de las verdades, hoy y aquí,  a ustedes les cuento las historias que les conté a unos navegantes que me encontré allá por el año 1565 en el océano Pacífico.

Como no poseo espejo alguno -ni sabría reconocerlo pues no es un objeto habitual del  equipaje de una cerda marina- me describiré a ustedes como un pez con cabeza y pelaje de cerdo, garras poderosas y cola achatada. A estas, mis gracias, Antonio Pigafetta, el piloto de Magallanes, en su narración del primer viaje alrededor del mundo, las describe de la misma forma aunque agrega que cuando sacaron a una de mis primas del mar, vieron que su cuerpo tenía dos cuernos y  sólo un hueso, con un bulto en la espalda en forma de silla de montar.

Uno de los monstruos marinos mitológicos pintados en el mapa de 1570 hecho por Abraham Ortelius.

 

El 21 de junio 

de ese año, en aguas de las islas Okino Tori -que pertenecerían después al reino de Cipango habitado por los japonés- me encontré con una pequeña nave que viajaba con rumbo nor-noreste y cuyos tripulantes me contaron que iban de las Filipinas al Nuevo Mundo. Sabiendo que venían de las lejanas regiones de la Especiería decidí contarles las historias que sabía de aquéllas regiones. Así, inspirada por la vista de las islas, les conté a los navegantes de la San Pedro –que así se llamaba tal nave- lo que un viejo piloto contó a Pigafetta acerca de una isla llamada Occoloro, bajo Java Mayor, donde sólo viven mujeres. Las fecunda el viento, y después, al parir, si lo que nace es macho, lo matan; si es hembra, la crían. Si desembarcan en aquella isla hombres, también los matan en cuanto les es posible. 

 

El 5 de julio, 

Días después, volví a encontrarlos y les conté que en los mares por donde andaban he visto muchas clases de pájaros, entre los cuales divisé uno que no tenía cola y otros que no tienen pies, viven siempre en el mar y cuando la hembra quiere poner un huevo, lo pone sobre la espalda del macho. No me costó mucho trabajo seguirlos pues su barco navegaba apenas a tres nudos de velocidad, lo que para los seres de la tierra como ustedes, es algo así como 5 kilómetros y medio por hora.

 

 

20 de julio, 

mientras la nave cabeceaba pacíficamente, ante las ansias de los tripulantes de divisar tierra, les dije que tuvieran cuidado con lo que deseaban pues se les podía conceder, y que no siempre el hallar tierras firmes o islas en el mar es un acontecimiento feliz. Por ejemplo, les conté que en ciertos lugares, el reino vegetal adquiere propiedades del reino animal ya que en las riberas de la isla de Pulaoan, al sur de Borneo, hay árboles cuyas hojas al caer, están vivas y andan.

Hay también por allí inenarrables pedúnculos de dos patas que viven del aire, son cortos y puntiagudos, carecen de sangre y huyen cuando alguien choca con ellos. Les dije que durante nueve días tuve a uno guardado en una caja. Cuando la abría, daba vueltas en torno a ella. 

También los puse al tanto que bajo Java Mayor, hacia la tramontana o por el golfo de China, al que los antiguos denominaban Signo Magno, encuéntrase cierto árbol enorme, en el que anidan los pájaros garuda, tan grandes, que cargan con un búfalo y un elefante hasta él.

 

El 3 de agosto, 

casi un mes después, cuando el barco de mis amigos andaba por la altura de los 38° 55´ de latitud norte y  170° 00’ de longitud oeste, les pregunté si habían visto en Cebú a los cornioles, grandes, hermosos de ver, que matan a las ballenas cuando éstas los engullen vivos. Una vez dentro de aquel cuerpo, salen de su coraza y les comen el corazón. Muchas veces, vivos aún, suelen encontrarlos los indígenas, junto al corazón de las ballenas muertas. Estos cornioles tienen dientes, la piel negra, el lomo y la carne blancas y por allá los llaman laghan.

 

El 4 de septiembre 

volví a encontrarme con la nao San Pedro en un punto situado a los 39° 30’ de latitud norte y  139° 30’ de longitud oeste. Con profunda pena vi que sus varios de sus tripulantes habían muerto y sus cuerpos eran arrojados al mar. Otros yacían enfermos tirados en la cubierta y unos más maniobraban el timón y las velas cansados y con ánimo desfalleciente. 

Tratando de animarlos en tan difícil trance les conté que en la isla de Han, alta y gélida, abunda el metal: plata, perlas y seda; su rey es el rajá Zotru. También les dije que las islas de Sumdit y Pradit son riquísimas en oro, tanto que sus hombres llevan grandes aros de dicho metal en la parte baja de las piernas.

 

El 18 de septiembre 

juntos avistamos la isla Santa Rosa, situada frente a la costa donde tres siglos y medio después ustedes construirían la ciudad de Los Ángeles en el Nuevo Mundo.

Allí recordé la historia que los narradores de las novelas de caballerías contaban a sus atentos oyentes en mesones y ventas de Castilla.

Sobre estas tierras contaban:

 

“Sabed que a la diestra mano de las Indias hubo una isla, llamada California, muy llegada al Paraíso Terrenal, la cual fue poblada por mujeres negras, sin que algún varón entre ellas hubiere, que caso como las amazonas era su estilo de vivir. Estas eran de valientes cuerpos y esforzados y ardientes corazones y de grandes fuerzas; la ínsula en sí la mas fuerte de riscos y bravas peñas que en el mundo se hallaba; las sus armas eran todas de oro y también las guarniciones de las bestias fieras, en que, después de haber amansado, cabalgaban; que en toda la isla no había otro metal alguno. 

Moraban en cuevas muy bien labradas; tenían navíos muchos, en que salían a otras partes a hacer sus cabalgadas y los hombres que prendían llevábanlos consigo, dándoles las muertes que adelante oiréis.

 

Y algunas veces que tenían paces con sus contrarios, mezclábanse con toda seguranza unas con otros y habían ayuntamientos carnales, de donde se seguía quedar muchas de ellas preñadas y si parían hembra, guardábanla y si parían varón, luego era muerto.

La causa de ello, según se sabía, era porque en sus pensamientos tenían firme de apocar los varones en tan pequeño número, que sin trabajo los pudiesen señorear, con todas sus tierras y guardar aquellos que entendiesen que cumplían para que la generación no pereciese. […] 

 

Cualquier varón que en la isla entrase, luego por ellas era muerto y comido; y aunque hartos estuviesen, no dejaban por eso de los tomar y alzarlos arriba, volando por el aire y cuando se enojaban de traerlos dejábanlos caer donde luego eran muertos.”

 

 

La mañana del 1 de octubre, 

A la vista del Puerto de la Santa Navidad, escuché a los pocos tripulantes de la San Pedro que todavía seguían en pie, rogarle a su guía fray Andrés de Urdaneta que desembarcaran y allí terminaran su tremendo viaje. El fraile no se dejó conmover ni  por las súplicas  ni por el lastimoso estado de sus compañeros. Con indomable resolución los convenció de seguir su travesía hasta Acapulco por la cercanía de este puerto con el convento de sus hermanos agustinos en las montañas cercanas, y  la proximidad con  la portentosa  ciudad de México, donde realmente terminaría su viaje al empezar desde allí su camino a Sevilla para darle cuenta del mismo al rey Felipe II.

 

Por fin, el 8 de octubre, 

pude ver como unos pocos y desfallecientes tripulantes de la San Pedro animados por fray Andrés y su sobrino Felipe de Salcedo aferraban velas y lanzaban el ancla por la borda  fondeando en la bahía de Acapulco.

Viste a la cerda marina en el mapa???

Aqui una pista

Al buscar la pista, recuerda el nombre y el autor del mapa.

Islandia_Abraham-Ortelius_1570.jpg
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